sábado, 26 de abril de 2008

Cuando la realidad supera a la ficción

Es sábado por la mañana, y me acabo de levantar. Me han despertado unos acordes (acompañados de sus correspondientes aullidos) de música country. Obviamente, no me ha hecho demasiada gracia, y he asomado la cabeza por la puerta para ver cuál de mis vecinos era el responsable, y aullarle un rato por mi parte. Pero nada, en el pasillo no se oía nada. Me asomo a la ventana... ¡y me encuentro con un mini-concierto de un grupo de country en el jardín trasero! Con sus banjos, sus altavoces y sus pintas de granjeros recién salidos de la América profunda. 

jueves, 24 de abril de 2008

Esquiva la bola

El consejo estudiantil ha organizado una competición de un juego parecido al balón prisionero para toda la universidad. Al parecer, el "dodgeball" ("esquiva-bola") es denominador común en todas las clases de gimnasia durante la primaria, a lo largo y ancho del país. Las reglas son más o menos las mismas que en el balón prisionero de nuestra infancia, pero se juega con múltiples pelotas.

El despliegue ha sido impresionante: más de 120 equipos apuntados, jugadores borrachos, varios árbitros para cada partido, gente disfrazada, gente animando, regalo de camisetas de recuerdo a todos los jugadores... se podían inscribir equipos con cualquier temática, desde fraternidades (camufladas tras seudónimos como el del "club de ajedrez") hasta compañeros de asignatura, pasando por miembros de equipos deportivos. Había cuatro categorías, según el tamaño de los equipos: pequeños, medianos, grandes y enormes, cambiando la extensión del campo y el número y tamaño de las pelotas según la gente que participara en el partido. Los equipos enormes lo son de verdad: por ejemplo, hay residencias enteras que se presentan como equipo, y puede haber 100 jugadores a la vez en la cancha. El trofeo final tiene 7 pisos: lo han construido en uno de los laboratorios de ingeniería, usando mogollón de trofeos pequeños. Además, han organizado una porra. Entre los premios  a los ganadores de cada categoría, al ganador de la porra, y al uniforme más original, van a gastarse la friolera de 3000$.

La competición ha empezado a las 4 de la tarde, y no acaba hasta las 2 de la mañana. Nosotros nos inscribimos como equipo pequeño, pero a la hora del partido casi no se ha presentado gente. Al final, éramos 5 contra el equipo femenino de rugby, de unas 25 chicas. Aunque hemos reclutado a algún espontáneo que no pertenecía al grupo, y a un par de colegas que pasaban por ahí, nos han machacado casi instantáneamente. De cualquier manera, ha merecido la pena participar sólo por ver el ambiente. Toda una experiencia.


miércoles, 23 de abril de 2008

El segurata

Le vimos ayer, cuando íbamos a la charla de Vargas Llosa, y pensamos que formaba parte de la seguridad asociada al evento, hasta que alguien nos comentó que a las 10 de la mañana también estaba ahí. La verdad, nos pareció un poco exagerado eso de plantarse en una de las puertas del edificio con tanto margen, sobre todo sabiendo que las aulas de esa zona se comunican con las demás a través del sótano...

Esta mañana, de camino a clase, le he vuelto a ver en el mismo sitio. Seguía a la izquierda de la entrada, con su traje impoluto, sus gafas de sol, y el pinganillo. Y esa postura universal entre los seguratas: muy erguido, la cabeza levantada en actitud casi desafiante, mirada al frente  y manos cruzadas en el regazo. Estoy convencida de que la posturita de marras es un tema común estudiado en todas las "escuelas de seguratas" del mundo. Fuera bromas, por la noche, cuando iba a hacer mi examen, he vuelto a pasar por ahí... y el tío seguía ahí plantado. Bueno, igual era otro diferente, porque la verdad es que todos tienen la misma pinta, y tampoco me he acercado mucho, no fuera a ser que me pidiera el carnet y, como no tengo 21, me prohibiera atajar por ese camino, por poner un ejemplo de una restricción absurda.  

Y yo me pregunto: ¿qué vigilará? 

martes, 22 de abril de 2008

Camino a clase

Iba de camino a clase cuando la he visto: estaba sentada en uno de los bancos de piedra que hay enfrente de la biblioteca, con otra mujer. La verdad es que al principio me he fijado en los niños, que correteaban sin cesar alrededor del banco. Según me acercaba, se ha levantado, y se ha puesto a recoger los bártulos, en un proceso más parecido a hacer una maleta para quince días que al simple hecho de levantarse de un banco. Y todo con una mano, porque con la otra sujetaba a un bebé de poco más de un año. He avanzado una decena de metros y, cuando nuestras trayectorias se han cruzado, ella acababa de ponerse en marcha. Con una mano sujetaba al bebé, que descansaba apoyado sobre su barriga de embarazada. Con la otra mano, empujaba un carricoche doble y, mientras tanto, arrastraba como podía al crío que se le había enganchado a la pierna. Y todo con una mirada de paciente resignación asomando entre las ojeras. Como quien hace amago de buscar la billetera ante el lamentable espectáculo de un mendigo, he tenido que resistir el impulso de sacar de mi cartera el condón de "por si acaso" y tendérselo: "tome, buena mujer, tome, lo necesita más que yo..."